Continuación del relato que comenzó la semana pasada donde nuestro personaje paseaba subrepticiamente por las techumbres de la ciudad. Y como ando bastante liado y mi escaner tiene asuntos más urgentes que atender, dejo por aquí un concept antiguo que debería andar hoy más abrigado, que acaba de nevar :P





Por cierto, ya podéis enlazarme ;D


[continuación:]
Una vez dentro del edificio, aprovechando su situación en lo alto de la estancia, sigue su recorrido por las vigas de madera a través de lo que parece ser la biblioteca. Muy posiblemente el suelo no sea seguro para sus secretas intenciones y un ladrido lejano apoya esta creencia. Los techos altos son buen escondite de noche, la pálida luz de las antorchas diseminadas apenas llegan a alumbrar los alrededores y las sombras bailan, haciendo imperceptible el movimiento en las alturas. Esto también supone un arma de doble filo, ya que tampoco es fácil percibir la presencia de nadie hasta que está demasiado cerca. Así pues, sólo confiando en los instintos y los aguzados sentidos, avanzando llega a una puerta que presumiblemente conecta con un pasillo. Es la única que existe en esta sala, por lo que baja hasta el suelo y la atranca con una silla bajo el picaporte. Seguidamente se acerca a una estantería que encaja en la pared en lo que a primera vista habría parecido un arco ciego. Sin embargo, al retirar la estantería aparece detrás una entrada de escaso tamaño que permanecía oculta. La oscuridad aquí es absoluta, de modo que nuestro personaje saca de un bolsillo oculto una sortija con una pequeña piedra iridiscente, colocándosela en la mano izquierda y susurrando la palabra de poder que activa su magia. Al instante se ilumina suavemente el contorno de unas escaleras caracoleantes que bajan, por donde sigue su camino la figura. Un muro bloquea el paso, ante lo que ésta parece sorprenderse. Aquí las paredes son bastas y hechas con piedra y argamasa, nada que ver con el aspecto refinado de la biblioteca, y cogiendo una pequeña piedra del suelo la arroja contra el muro. Nada sucede al chocar, pero al rebotar la piedrecita queda suspendida en el aire, inmóvil. Sin lugar a dudas se trata de una trampa inmovilizadora que ha estado cerca de detener la incursión nocturna. Pasando alrededor de la trampa llega hasta la pared y posa sus manos sobre el relieve de piedra, hasta que encuentra unos goznes y empuja, dejando libre acceso a la siguiente sala que es su verdadero objetivo: el almacén de objetos mágicos. Nuestro personaje se frota las manos mientras tras de sí se cierne la improvisada puerta pétrea, que no es otra cosa que un pequeño golem de piedra que apresa al ladrón al instante con unas manos tan delicadas como ruedas de molino. Poco después aparece por el hueco de la puerta un pequeño personaje, un mediano con pijama. Se encienden las luces.
-¿¡Otra vez, Aevirae!? ¿Es que no puedes venir a visitarme en horario comercial?
-¡Oh, vamos, Soth! Ya sabes que no me gusta molestarte -dijo Aevirae socarrona.
-No, claro... despertarme de madrugada no es molestia...

[continuará]

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